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Entrevista a Norma Aleandro

Norma Aleandro

 

 

 

 

Nu mu aburru, es lu ku nususutu". Tantos años de colocar la voz, de hacerse oír desde el escenario hasta la última fila del pullman, tantos premios y, al final, a Norma Aleandro no se le entiende nada. La señora está dentro de su trailer-camarín, sentada frente a un espejo mientras una asistente revolotea afanosamente a su alrededor, pintándole la cara, acomodándole el pelo. Y ella intenta pintarse los labios, "surusummusu ruububu, cluru ku sú", sin dejar de hablarle al grabador mientras una cámara de fotos dispara flashes a una distancia enceguecedora. La entrevista está encajada entre toma y toma del penúltimo día de filmación de la película Cama adentro, y refleja el ritmo de vida de la entrevistada. En un momento la producción le alcanzará un celular: Jorge Telerman, vicejefe de gobierno de la Ciudad, la invita a cerrar el acto del día siguiente en repudio a los atentados en Madrid. Y ella aceptará, así como en el Día de la Mujer había ido a la cárcel de Ezeiza para poner en marcha unos talleres de actuación destinados a las presas. Mientras, Aleandro no para de actuar y también escribe, pinta y dirige. "Ahora tengo el proyecto de irme una semana afuera, y lo acaricio con cariño", sonríe una vez que su boca se independiza del yugo del rouge.

Pregunta: Lleva más de 50 en la profesión. ¿No le dan ganas de descansar un poco, de parar?
Respuesta: No, porque mi profesión, que a la vez es un arte, es muy divertida. Si tuviera otra, tal vez estaría deseando jubilarme. Pero me ocurre lo contrario, porque mi trabajo es de creación, divierte mucho, es alegre. Y la investigación que uno debe hacer permanentemente le da plenitud a la vida. Entonces, ¿cómo voy a dejar algo tan divertido? Tonta sería.

P: ¿Con los años disfruta más de su profesión y de la vida?
R: En general he disfrutado mucho de la vida, no me puedo quejar. He sido una disfrutadora de la vida. Y con los años lo sigo pasando bien. Todo es según cómo vivas y qué pretendas: yo me fui adaptando a las edades que fui teniendo, y por suerte no pretendo lo que no puedo.

P: ¿Los años de experiencia le sirven para tener más seguridad?
R: No. Lo que sirve no son los años, sino las técnicas, para ayudar a crear con más libertad y menos angustia. Pero la angustia existe, porque cuando estás creando algo nuevo, nunca tenés seguridad de nada. En general en la vida no la tenemos, pero ahí se nota más; cuando estás creando un personaje, no podés saber si eso va a interesar. Les pasa a los pintores, músicos, escritores. La inseguridad es parte de la creación.

P: A Alfredo Alcón y a usted se los ha canonizado como los "grandes actores argentinos". Por eso, a él le preguntaron si le daba miedo ser Alfredo Alcón. ¿A usted no le da miedo ser Norma Aleandro?
R: No me da ningún miedo. Tampoco creo que seamos los mejores actores ni muchísimo menos; hay muchos actores muy buenos. De pronto te ponen un mote, ya sea malo o bueno, y te lo dejan. En este país tenemos muchísima gente con talento, por suerte no somos solamente Alcón y yo. Y no, no me da nada de miedo ser Norma Aleandro; estoy acostumbrada desde que era chiquita.

P: ¿Por qué le pusieron ese mote?
R: Porque he sido coherente con mi trabajo; porque lo he seleccionado siempre mucho. Con el riesgo de pasarla muy mal económicamente, he hecho cosas que me parecían dignas, y de las indignas he tratado de no hacer nada. He respetado mi trabajo, mi vida y también la de los demás, y eso termina teniendo un peso.

P: Antes de un trabajo, ¿Alguna vez sintió la presión de mantener su nombre?
R: Nunca, porque no me creo eso de la gran actriz, no vivo en función de eso. Vivo como viví siempre, a mí misma y a mi trabajo. Eso no me cambió en nada, y me ocupé de que no me cambiara. Cuando tengo un éxito yo sé que yo no soy el éxito; tengo un éxito. Cuando tengo un fracaso no soy yo un fracaso; tengo un fracaso.

P: A Alcón le pasó que algún elenco se atemorizara con su presencia. ¿A usted le ocurrió algo parecido?
R: Sí, pero se les va enseguida. Los compañeros que no me conocen saben que es bastante divertido trabajar conmigo, porque yo me divierto mucho trabajando. Y a los que tienen en la cabeza esa especie de mito, ay, ¿cómo será? se les pasa enseguida.

P: En una nota dijo: "Puede ser que la gente me vea como un mito"...
R: Nunca dije eso, lo habrá dicho alguien de la prensa. Lo que hay es un gran cariño. Y me da mucha alegría, porque uno trabaja para que la gente lo venga a ver, pero también para armar una conexión real con ellos.

Toc, toc. La puerta del trailer se abre y una asistente de producción anuncia que Aleandro debe filmar una escena. Ella se despide hasta dentro de un rato y va hacia la esquina de La Pampa y 3 de febrero, donde Beba, su personaje, le dará las llaves de su departamento al portero del edificio. Entonces, como una continuación del diálogo, la calle comprueba las últimas palabras de la actriz, aquello del "gran cariño": un grupo de adolescentes le grita "¡Norma, Norma!" y se acerca a darle un beso; un vendedor ambulante la saluda y aprovecha para venderle un kit de esponja, jabón, trapo de piso, repasador. En un diálogo entre una mamá y su hijo, también se verifica lo del mito: "¿Ves? Esa es Norma Aleandro", muestra la mamá. "¿Quién?" "Esa señora que acaba de salir del edificio. Es actriz". "¿Buena o mala?" "Buena. Re-buena, Santiago. La mejor".

P: Volviendo al tema de los años, ¿Siente en algo el paso del tiempo?
R: ¿Qué te preocupa tanto el paso del tiempo? ¿Te sentís viejo? A mí no me preocupa. No se me ha cerrado ninguna puerta, tengo trabajo, y tanto, que debo apartar un poco para poder respirar. Además, nunca pienso demasiado qué puede pasar, sino más bien qué está pasando. Tratá el tema con tu analista (se ríe).

P:A propósito, ¿Le sirvieron los 14 años que hizo psicoanálisis?
R: Para algunas cosas. Pero no hay que hacer de eso una religión, sino un lugar para ir a tratar de conocerse a uno mismo, encontrarse de verdad, y aceptarse. Y eso lleva tiempo. Pero son muletas a las que no hay que aferrarse demasiado, porque después estorban para caminar.

P: En los 60, usted participó de una terapia con ácido lisérgico. ¿Qué recuerdos tiene de esa experiencia?
R: Era una experiencia piloto, y la hicimos durante muchos años. Cada tanto nos internábamos para hacer la terapia con ácido lisérgico. Vi ciertas cosas pero las habría podido ver sin ácido, supongo. Cuando los jóvenes hablan del ácido, siempre les digo que he visto cosas atroces bajo su efecto, y eso que estábamos en un contexto terapéutico. Jamás tomaría esa droga, porque lleva a la alucinación muy fácilmente. Fue muy poco positiva para trabajar en terapia, porque la alucinación era demasiado distractiva.

P: ¿Tuvo algún otro contacto con drogas?
R: No, y para eso sí me sirvió el ácido lisérgico: para tener muchísimo respeto y temor a las drogas, porque sé los resultados y también cómo puede uno dejar de ser uno en un momento determinado, y no tener dominio de sí mismo. Mis amigos dicen que soy de droga barata, porque una cafiaspirina ya me levanta.

P: La muerte le rondó varias veces: tuvo un paro en el parto de su hijo, le pusieron bombas en la dictadura y un loco la atacó con un taladro. ¿Sirven esas cosas para minimizar los problemas cotidianos?
R: Me sirvieron para ser menos omnipotente. La vida es una aventura donde te pasan cosas buenas, malas, regulares. Cómo manejarse en esas aguas es lo importante... Qué hacer en las tormentas, qué en la calma chicha. El asunto es cómo pilotear el barco. Pero todos estamos navegando.

Por Gaspar Zimerman.

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