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Entrevista a Leticia Brédice

Leticia Brédice

 

 

 

 

 

En esa chica ovillada en el sofá que responde apasionadamente a todas las preguntas confluyen armoniosamente talento dramático y star quality, un sugestivo metal de voz y una fotogenia prodigiosa. Cambiante, rigurosa, volátil, sincera, mimosa, dispersa, Leticia Brédice a lo largo del reportaje vuelve a ser por momentos la conflictuada adolescente de Años rebeldes (1996, una muy buena actuación que los críticos italianos apreciaron mejor que los argentinos), la niña desorientada de Martha Stutz (1997), la seductora de Closer (1999). Y sobre todo, aparece en la actriz entrevistada la veta noble y popular de Ana, la joven abogada de 22, El Loco, la tira que coprotagonizó con Adrián Suar, Damián de Santo y Nancy Dupláa.

¿Cómo te sentís en estos momentos con respecto a aquella nena que recitaba sobre la mesa? ¿Cómo ves tu recorrido de actriz? ¿Te parece que cumpliste con aquella criatura?
Sí, claro, le salvé la vida a esa criatura. Ser actriz me salvó de muchas cosas. Pude preservar las ilusiones, los deseos tan fuertes de ser actriz. Y también las ilusiones de mi tía Norma, mi tía Mary, que se morían de gusto si les decía que cuando fuese grande iba a ser actriz. Y creo que estoy cumpliendo, aquella nena ya es una mujer que ama su profesión, que es lo mejor que te puede pasar en la vida: amar lo que hacés.

La de actriz, ¿es una profesión de alto riesgo?
Me parece que sí. Y también creo que es de las más lindas del mundo y a la vez una de las más difíciles. Porque ser actor, ser actriz implica un esfuerzo sobrehumano, a veces porque te puede exigir representar la alegría cuando estás tristísima, o actuar situaciones extrañas que jamás viviste en la vida. Pero también esto tiene su lado maravilloso: el acceder a experiencias a través de la actuación que quizás de otra manera en la vida real no conocerías. Hacer personajes que te dejan cosas, que te modifican.

En un reportaje, Isabelle Huppert decía que el tuyo es un oficio de espera porque, aún en el momento de mayor suceso, dependés del deseo del otro: del productor, o del director que te eligen, del guionista. incluso del público, que decide ir a verte o no.
Claro, es verdad. Y no basta con que el director, en el cine por ejemplo, te desee para un papel y lo hagas: después, durante el rodaje, él elige los encuadres, la luz, y finalmente decide las escenas que quedan en la edición. Ahí no podés opinar. De todos modos, es fabuloso cuando conquistás un personaje que te apasiona. Y yo soy muy del presente: veo que mis compañeros se preocupan por lo que van a hacer el año que viene, y yo no. Estoy abierta a posibilidades: si mañana me proponen hacer un cortometraje y me gusta, acepto. Si es por soñar, me gustaría filmar con Almodóvar, Bigas Luna, Aristarain.

En uno de los programas de La cajita Social Club tuviste un espacio para el humor que habitualmente no se te da...
No creas. Yo siempre trato de poner un poquito de humor, me resulta necesario como recurso. Por ejemplo, ahora en la tira 22, si no uso un poco el filtro del humor, aunque por momento se trate de cosas al borde de la tragedia, se me hace cuesta arriba hacer todos los días algo en clave totalmente seria, solemne. La comedia me fascina. Casi te diría que es lo que más me gusta. Salvo claro que hablemos de una obra de otro registro que me rompa la cabeza, como, por decirte lo primero que se me ocurre, Las tres hermanas de Chejov, Pirandello, en fin...

Bueno, de todos modos, Chejov pedía que sus piezas se representaran con humor, aunque luego haya quedado establecido el tono grave, melancólico.
No me extraña ese pedido porque el humor es fundamental, tanto en el teatro como en la vida. ¿O no nos reímos en los momentos más dramáticos?

Por otra parte , está el tema de los protagónicos en el cine argentino, generalmente a cargo de varones, como quedó demostrado en la entrega de Cóndores de Plata. Vos, en Plata quemada, en Nueve reinas, defendiste papeles secundarios.
Igualmente, servir en una producción como Nueve reinas me parece grandioso. Ojalá me toquen muchas Nueve reinas en la vida, porque esa película salió tan, tan bien... Yo me despertaba y me decía: ay, qué lindo, ir a ver a Ricardo (Darín) y a los demás y disfrutar tanto, tener un libro de semejante calidad dirigido por una persona talentosa y creativa que quiere poner la cámara en las nubes para filmar... Todo eso me calienta, me da adrenalina, muchas ganas de estar, de rendir.

En lo que va del año ya hiciste dos películas en España. ¿Cuál es tu balance de esas experiencias?
En febrero y marzo hice La mujer de mi vida, historia de una chica inmigrante, nacida en Argentina, hija de un diplomático que va por varios países de Latinoamérica y se radica en España. Trabaja de camarera, ella también se ha exiliado de su familia. Está sola, le cuesta todo: los papeles, ganar plata. Se relaciona con un actor venido a menos, fracasado. Lo conoce a través de un productor, enamorado de ella, que quiere que haya casamiento con el fracasado para que la chica se legalice. El director se llama Antonio del Real, hizo Chachachá y otras películas que funcionaron bien comercialmente, pero a mí parece que no es un gran creativo. Además, es una persona de no muy buen trato. A mí ya no me pasaría en la Argentina esto de trabajar con alguien de esas características, pero con éste nadie me avisó.

¿Caíste en una trampa?
Caí en la trampa de ese señor que resultó bastante difícil de sobrellevar, pero traté de tomar ese trabajo en su parte más positiva: hacerme de abajo en otro país, pasar prácticamente sola tres meses problemáticos me templó un poco... Por otra parte, trabajé con Emilio Gutiérrez Caba y otros buenos intérpretes, pero gente mayor. Pero extrañaba un montón. En un momento, vino mi novio, fuimos a pasear, conocí Santiago de Compostela, lugares maravillosos donde comés riquísimo, bebés buen vino, la gente está de buen humor. Pero bueno, después de un tiempo yo sólo pensaba en volver: quería ver a mis amigos, a mi mamá, a mis sobrinos, a mis hermanas, escuchar mi dialecto... Lo que no significa que no vaya a volver a irme, pero siempre con esta cosa del argentinismo.

A pesar de tantos pesares aceptaste una segunda película en España.
Cuando me estaba yendo de esta película, La mujer de mi vida, recibí dos guiones: uno iba a ser dirigido por Antonio Hernández, con quien me encontré en el Café de Oriente, lugar divino adonde voy a tomar algo todos los domingos cuando estoy en Madrid. Me junté con Antonio, tomamos un vino, comimos una comida deliciosa y me contó toda su historia de amor, bastante complicada. Yo le dije francamente que no estaba dispuesta. Me contestó: no, tía, tienes que venir porque tú eres la que puede hacer tal personaje. Me resistí, insistió. Volví a Buenos Aires, ya estaba un poquito apalabrada con Adrián (Suar), pero Antonio Hernández seguía intentando convencerme: la verdad es que el libro era precioso y yo empecé a dudar. Los actores eran de lo mejor. Pensé en pedir una plata que no me darían; la pido y me la pagan. Entonces llamé a Adrián y le expliqué que no me podía negar. El me dijo que me esperaba un mes (fueron dos). Me fui, hice la película más hermosa con la gente más linda que te puedas imaginar, me gané más amigos, el tiempo estaba más tibio, vino mi mamá, mi tía. Todo perfecto.

¿Por qué te pareció tan bueno el libro, tan hermosa la película?
Porque tenía mucha creatividad y emoción. Se llama La ciudad sin límites, transcurre en París, que yo no conocía, y es la historia de un hombre que se está muriendo de cáncer y tiene Alzheimer, reúne a su mujer y a sus tres hijos en el hospital para despedirse. Dos de los hijos están con sus mujeres. El tercero es Leo Sbaraglia que va a llegar a París con su novia que soy yo. Los otros dos empiezan a especular, quieren quedarse con la guita, y el personaje de Sbaraglia se hace cómplice de su papá que habla y dice cosas incomprensibles. Todas estas situaciones están conducidas por la mirada de la madre, interpretada por Geraldine Chaplin, que no te puedo decir la mujer increíblemente preciosa que es, generosa, adorable. Bueno, al final de la película hay una revelación sorprendente. Mirá qué elenco, además de los que ya nombré: Alfredo Alcón, Fernando Fernán Gómez... No te puedo decir lo que es este viejo genio cabrón al que admiro desde siempre, que además escribe como los dioses. Un día, ¿sabés lo que hizo? Recitó el diario, los clasificados, como si fueran pequeñas historias, con detalles: se vende dos ambientes, dos personas enamoradas lo dejan y se dejan, o se vende cuna, a estrenar. Después estaban Roberto Alvarez, otro gran actor; Adriana Ozores, genia; Ana Fernández, la de Solas... Terminé la peli, una escena por la noche con Geraldine y Leo, a las siete de la mañana y a las once tenía el avión. Llegué acá y al otro día empecé a grabar.

¿Era la primera vez que tu mamá viajaba a Europa?
Mi mamá no conocía, fue una experiencia bárbara, además vino con su hermana. Fue un encuentro tan, tan divertido con las dos locas en mi habitación del hotel, comiendo ahí, yendo al teatro, al cine, a darvueltas en una de esas bañaderas turísticas que donde te morís de calor... Recorrimos Madrid.

Además de tu propio disfrute, ¿mirabas las cosas con los ojos de ella?
Ay, sí, porque ella es tan piadosa con todo y tiene una mirada tan preciosa de las cosas. Alucinó con las fuentes, y sí, yo las miraba con los ojos de ella, volvía a descubrir a las que ya conocía. Acá no tenemos este tipo de fuentes, chorros y más chorros sin parar. Y como ella, me quedaba horas mirando correr el agua como un espectáculo extraordinario: para mí, eso se llama felicidad. No necesito nada más, ningún lujo. Bueno, si nos podemos estar tomando un vino blanco, ya es lo máximo. Y comíamos todo el tiempo rabas, boquerones, tapas. Yo no quiero beber, decía mi mamá. Dale, tomate una sidra que es de tu tierra, de asturianos, acá la tiran de manera tan graciosa. Ay, no sabés qué lindo. Mamá no quería gastar mucho, pero yo la llevaba al Corte Inglés, cuando se quería acordar ya estaba adentro. Para mí, aparte de la felicidad que compartíamos, estar con ella me hace bien, me saca miedos. Ella me tranquiliza, me dice lo justo.

Al volver, ¿cómo asimilaste el choque con la realidad argentina y el tener que volver a grabar en Pol-Ka?
No te creas, estuvo bueno. Fue como seguir en la misma onda de intensidad, de actividad. Prefería no tener un período de espera, meter toda la energía en algo creativo. Eso no quiere decir que borre todas las emociones y las imágenes que viví, al contrario, las cuido mucho, las tengo ahí bien frescas y las reviso y me las mando al cuerpo todo el tiempo. Tampoco hice todo lo que se supone que hay que hacer: en París me fui al Crazy Horse y no al Louvre...

Volviendo a la vuelta, ¿Fue llegar y zambullirte en Ana y sus escaramuzas con el 22?
Sanguchirme fue, te digo. La parte difícil fue adaptarme a los tiempos de la televisión, aunque conocía el medio bastante... Este no es un trabajo de oficina, es un trabajo de relaciones, de intercambio, de sentimientos en juego. Para mí no es, no puede ser: a ver, parate acá, decime el pie, porque si no, no te puedo contestar. Eso me angustia mucho, tal vez porque me formé con un maestro que me enseñó que las escenas se deben trabajar con una continuidad, una debe saber lo que le está pasando al personaje y en qué circunstancias, por más que se trate de una escena muy cotidiana. Imaginate, acá hablamos de un policial, se graban dos a tres capítulos por día. A veces, además, hay cosas que no me gusta decir, como malas palabras, no por prejuicios anticuados sino porque me parece que ese tipo de palabras dichas rutinariamente pierden peso, fuerza. En la ficción no es lo mismo que en la vida cotidiana, y si lo que se busca es fortalecer un diálogo, me parece que hay que tratar de enriquecer el vocabulario, el lenguaje. Yo tengo conciencia de que a mí me falta mucho, por eso trato de leer, de nutrirme para saber más, para expresarme mejor.

Ana, esa abogada generosa, idealista, algo cándida, ¿Fue una innovación en tu galería de personajes?
Algunas cosas de Ana que encontré me gustan mucho: su naturalidad, que no lleve un peinado prolijo de abogada, que no se maquille, que, te digo, son cosas insólitas en televisión. Porque lo primero que te suele ocurrir cuando llegas a trabajar es que venga el peinador y te ofrezca: ¿Te hago un brushing?, y que venga el maquillador y te quiera pintar. En Pol-ka, todos los chicos hacen muy bien lo suyo, pero yo me resisto a peinarme todo el tiempo. Entonces, mi negativa viene bien para desestructurar: soy una chica que trabaja en Minoridad, en la calle, con zapatillas y jean. Que no está pendiente de su aspecto porque tiene cosas más importantes que la preocupan.

El estar con la cara lavada, el pelo un poco despeinado, ropa no sofisticada, ¿incide en tu laburo de actriz?
Por supuesto que me sirve el no estar pendiente de si salgo divina, o si me empiezo a arrugar, porque lo que realmente importa es estar bien como actriz. Y de verdad, cuando sentís que estás rindiendo bien, no te ves ni las imperfecciones ni el pelo revuelto, ni la falta de maquillaje. Porque si estás haciendo bien tu trabajo, y algo sucede, y estás con el cuerpo y el alma en funcionamiento y todo puesto en el piso, lo que pesa es otra cosa: te importa lo que pasa dentro del personaje. Esto te puede pasar en el teatro, en el cine, y en la televisión.

Trabajáste para la factoría Suar, lo tuviste a él de compañero de rubro y ¿estás como querés?
Estoy muy contenta de haber trabajando con Adrián. Porque más allá de toda la historia sobre su éxito como productor, sus innovaciones, su carrera de actor, te digo que es un chico con una capacidad de entrega impresionante, que le interesa crecer, que supera muchas dificultades. Por supuesto, no es de los que te piden el pie, y hablamos de lo que pasa en la historia, intercambiamos ideas, él está muy dispuesto a escuchar, es muy apasionado por lo que hace.

Tu contento se debe también a que estás bien rodeada, no sólo de actores, sino también ¿Te llevaste alguna amiga al elenco?
Sí, como los chicos que no paran, muy contenta. Y para nada estresada, al contrario. Además, mirá: en el camarín, estaba con Nancy, y con Julieta, que es una amiga mía desde La hermana mayor. Y nosotras, después de un día de trabajo, nos llamamos por teléfono, hacemos cosas juntas. Cuando hablé con Adrián, me preguntó qué necesitaba. Entre otras cosas, le pedí, le dije, quiero tener a una amiga, quiero que haya chicas... Como si esto fuera poco, estaba cerca el elenco del Sodero. Dolores Fonzi que es una reina, Rita Cortese, que es como mi tía. ¿Qué más se puede pedir?

Por Moira Soto.

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