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" Hay que pensar primero en la gente que
perdió todo, en los que ahora no tienen nada", dice el gran actor argentino,
protagonista de todos los filmes nacionales que compitieron por el Oscar. "Parece que
doy suerte", bromea, en esta entrevista realizada por Ana Bianco y publicada en
Página/12, que a continuación reproducimos parcialmente.
De regreso en Buenos Aires para el rodaje de "Apasionados", una comedia dirigida
por Juan José Jusid, el actor de "La tregua" y "La historia oficial"
es optimista acerca de las chances que puede tener en la Academia de Hollywood "El
hijo de la novia".
- "La historia oficial" obtuvo el Oscar en 1986, en la
post-dictadura. Teniendo en cuenta la difícil situación política actual, ¿cree que la
Academia podría considerar estos aspectos a la hora de entregar los premios?
- En 1986, La historia oficial obtuvo el Oscar en un entorno sociopolítico muy definido.
Si pensamos con cierta suspicacia en este momento, un premio podría aliviar tensiones,
sería como un forma de colaborar con nosotros. Pero es hilar muy fino en una
circunstancia en que uno no sabe cómo es el manejo de esa -cocina- interna. La
Academia está compuesta por una cantidad de gente que ni está al tanto de lo que ocurre
en Argentina, sin embargo votan y hacen que las votaciones tengan como corolario en
primera instancia esta nominación. La casualidad también existe. Recuerdo que gané en
el Festival de San Sebastián el premio al mejor actor, por A un Dios desconocido, de
Jaime Chávarri, como una respuesta contestataria. Yo estaba recién llegado y con
amenazas por las circunstancias que vivía el país en 1977. Estas son sólo simples
deducciones que hago a sabiendas de que a San Sebastián lo conozco mejor que a Hollywood.
- ¿Tiene algún pálpito respecto del Oscar?
- No sé, parece que yo traigo suerte. Esta es la quinta nominación al Oscar de una
película en la que yo participo. La primera fue con La tregua, la segunda con Camila, la
tercera con El nido de Jaime de Armiñán y la cuarta con la que ganamos el Oscar, La
historia oficial. Ahora se presenta una nueva oportunidad con El hijo de la novia. Desde
hace tres meses se exhibe en Madrid y en el resto de España y la reacción del público
español es exactamente igual a la de un argentino. La propuesta, con los códigos
nuestros, los guiños, el humor porteño y la historia que se cuenta, puede ser tan
localista, que de pronto se universaliza y ese señor anónimo español se ríe, se
entretiene, se emociona en el mismo momento que lo hace un argentino. Esto me hace pensar
-y ahora viene el pálpito- que esta posibilidad de universalizar los
sentimientos puede redundar para que ganemos otro Oscar.
- ¿Qué lo llevó al exilio hace veintisiete años?
- El tiempo es muy sabio. De pronto ahora lo cuento con cierta distancia, como si le
hubiese pasado a otro. Y eso es producto del tiempo, como sucedió en una escuela: le
preguntaron a los chicos qué significaba la Triple A y los chicos respondieron que era
una vacuna. No sé si la respuesta estaba condicionada a la necesidad de algunos sectores
para borrar nuestro pasado o verdaderamente es producto del tiempo. Hay una necesidad
imperiosa de no borrar la memoria, no se trata de venganza. Es la única cosa que intento
no olvidar. Si me retrotraigo a veintisiete añosatrás, lo pasé muy mal, especialmente
los primeros tres años. En un país que no conocía ni él me conocía a mí. Un español
desconocido me ayudaba materialmente con dinero, con trabajo, con cosas concretas. La
sensación de estar solo en el mundo, desamparado como en el desierto, no teniendo de
dónde agarrarme y de pronto me tienden una mano amiga. Esa solidaridad me conmocionó y
me hizo amar a España y a su gente, en circunstancias en las que todavía vivía Franco y
no era tan fácil todo...
- En "El hijo de la novia" y en "Apasionados" su personaje
es similar...
- Sí, es verdad, en la película de Campanella soy el padre de Darín. A Ricardo lo
conozco desde que era un gurrumín y pululaba junto con la madre y el padre, que eran
actores, por el Canal 7. De eso me hizo acordar él y me dijo que tiene una foto de las
grandes novelas que hacíamos con Sergio Renán y donde estaba allí chiquitito.
- Con más de un centenar de películas, ¿Qué le queda por hacer?
- Me gustaría tener una continuidad de trabajo seguro y dosificado, que me permita
respirar tranquilo. Filmar cosas con más tiempo y mejor; pero ésta es una profesión tan
inesperada, tan poco segura que de pronto filmo y luego me quedo a esperar. Los actores no
tenemos nuestro trabajo programado como los tenores, hasta el 2005. Yo tengo programado
sólo hasta ahora. Los actores somos materiales descartables. En general los directores
tienen una lista de actores que van llamando y si uno no puede llaman al que sigue. De
pronto se agotó ese actor y se vuelve a recuperar otra vez, como el reciclaje que se hace
de las cosas descartables.
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